
No sé si era la moda en esos años, pero a los pocos meses de mi nacimiento en mi casa nos estabamos preparando para la llegada de otro bebé. Mi Balu, mi hermanita menor que a veces es tanto tanto mayor, que siempre parece caer mejor parada que el resto. Mi compañera de juegos, mi otra mitad, ¿cómo explicarlo? Es casi como ser melliza. CASI.
Bueno, volviendo a los hechos. Un año y quince días despues de mí, en la misma clínica de Pueyrredón y Córdoba nace la última Franconi. María también, pero esta vez Bárbara. La trilogía estaba completa: MARÍA Natalia Eugenia Bárbara. Nati, Muru y Baluchi. Lo de los sobrenombres es otra historia...
Sería una familia "normal"? Sinceramente no puedo saberlo... me da vergüenza preguntarlo. Vergüenza conocer mi propia historia por personas que no la protagonizaron. Nadie habla de eso. Solo una persona, que ya tendrá su capítulo correspondiente.
Entonces... corría 1981, y una tarde mis padres quiseron ir al zoológico. En el tren discutieron acerca de cómo llegar, si caminar desde la estación 3 de febrero o tomar el subte desde Retiro. Mi papá una vez me contó, entre lágrimas, que había logrado imponer su parecer y finalmente tomamos el subte.
Creo que ese instante cambió mi vida. Quizás pueda parecer insignificante. Pero para mí... la marca esa vez fue demasiado profunda.
Carlos llevaba el carrito en el que Eugenia estaba sentada. Un señor quiso ayudar a levantarlo cuando llegaba el final de la escalera mecánica. El "no gracias" de Carlos no llegó a sus oidos, o quizás quiso ayudar de cualquier manera, creyendo que era uno de esos "no gracias" retóricos. El carrito se abría por delante. El carrito se abría por delante y Muru caía a las escaleras, en el momento justo en que se juntaban con el piso. Un dedito quedó atrapado entre los dientes. Un dedito perdido entre los colmillos metálicos.
Nati sólo recuerda la sangre.
Quizás pueda parecer insignificante. Pero yo perdí una parte de mi cuerpo.